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ROCKY BALBOA

DIRECCIÓN: Sylvester Stallone
TÍTULO ORIGINAL: Rocky Balboa (2006)
PAÍS: Estados Unidos
GUIÓN: Sylvester Stallone
FOTOGRAFIA: Clark Mathis
MÚSICA: Bill Conti
DURACIÓN: 102 minutos

 
       

Juan Carlos Romero Puga | @jcromero

Rocky Balboa es el mejor ejemplo de que no todo está escrito en el cine de Hollywood y de que a veces hay que dejar que los proyectos hablen por sí mismos. La cinta no sólo es mesurada y emotiva; sino que podría ser de las secuelas más dignas rodadas después del filme original de 1976. La simple idea de subir a Rocky a un ring de boxeo 16 años después del triste colofón que John G. Avildsen puso a la historia con Rocky V, era una necedad para cualquiera. Con pocas posibilidades de errar un juicio adelantado, casi todos anticiparon la aparición en pantalla de un sujeto decadente cuya gloria se ha extinguido por completo, pero aun en ese terreno Sylvester Stallone demuestra que ha madurado más allá de lo que muestran su cuerpo y su cara.

Tal como Clint Eastwood lo hizo en 2000 con Jinetes del espacio (Space Cowboys), al filmar una cinta de aventuras en la que cuatro ancianos salvan al mundo supliendo con experiencia la mamonería de la juventud, Stallone recupera al mejor de sus personajes para darle el retiro digno que no tuvo en el episodio anterior. El hombre que alguna vez fue campeón mundial de los pesos completos, ahora aparece como dueño de un modesto restaurante. Su esposa Adrian ha muerto y su hijo se ha alejado, tratando de vivir su propia vida. Al tiempo que esto sucede, un joven boxeador, Mason The Line Dixon (Antonio Tarver), se ha encumbrado como el mejor de la categoría de los pesados, pero su calidad no es suficiente para ganarle el reconocimiento de la crítica.

En un reportaje transmitido por televisión, un grupo de expertos compara, mediante un programa de computadora, los estilos de ambos boxeadores. El resultado arroja como ganador a Rocky. Esto despierta en el solitario y ya retirado boxeador la curiosidad por intentar regresar a los cuadriláteros forma y lo vuelve el pretexto perfecto para pactar un enfrentamiento con el monarca mundial.

Más de tres cuartos de la cinta tocan el tema del boxeo, pero sólo tangencialmente. En su restaurante, Rocky pasa las noches contando a sus clientes las viejas historias de sus tiempos de gloria, visita frecuentemente la tumba de su esposa y los lugares a los que solía ir con ella. Aquel sujeto sin respeto que trabajaba como golpeador de un mafioso de poca monta treinta años atrás, aparece transformado en un hombre que se levanta temprano para comprar la comida que sirve en su restaurante, que emplea a una docena de personas y que ayuda a la gente de su comunidad.

En lo deportivo, el tipo ya no es el mismo (eso es obvio), pero la parte inspiracional se conserva intacta. La larga secuencia final se nota cuidada; ni la edad de Stallone ni la de Rocky son un factor que empañe el combate que desde el inicio se sabe desigual. Aquí no existe el temible oponente de los episodios anteriores, ni miedo ni odios alimentados por viejas cuentas por pagar. Se trata de la necesidad de pelear una última vez, liberarse y vaciar el sótano.

La música sigue siendo una presencia en el desarrollo del filme, aunque esta vez la apuesta vaya menos por la espectacularidad de los golpes a cambio de profundizar más en sus personajes. Rocky Balboa es una sorpresa. Quizá menos rápido, menos contundente, pero efectivo y emotivo como en sus mejores peleas. El mejor de los retiros posibles.

 
 
 
 
       

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