Cómo no entregarse a una monster movie imperfecta, inconstante en su ritmo y algo primitiva en sus efectos, cuando su mensaje de enojo y de hartazgo contra la estupidez del sistema es tan agudo.
Lo digo en serio. El huésped se mueve entre las aguas del melodrama y cierta comedia disparatada, sin dejar de cumplir como una cinta de monstruos gigantes, llena de vida y reseñable no solamente por la criatura y las escenas de acción.
La cinta se inicia con una secuencia que de tan simple parece una broma. Pero no lo es. Es la recreación de un incidente ocasionado por la imbecilidad de un estadounidense que en febrero de 2000 ordenó a uno de sus subordinados en la morgue de una base militar asentada en Seúl, echar el contenido de cientos de botellas viejas de formaldehido en el drenaje, todo lo cual fue directamente a las aguas del río Han.
De ahí brincamos a la actualidad, donde conocemos a una familia que vive de atender un puesto de comida a las márgenes del mismo río. El jefe es un hombre casi anciano, con tres hijos desgraciados, enojados con la vida y uno de los cuales —un sujeto muy poco inteligente— es padre de una niña preadolescente. Muy cerca, turistas y habitantes de la ciudad descubren sorprendidos un extraño cuerpo que cuelga de un puente, sobre el agua. Ante los ojos de todos, un monstruo anfibio se revela, ataca a la multitud y se lleva consigo a la pequeña.
Sin mayores sutilezas que acentúen la expectativa, el director rehusa ocultar a su bestia; el interés de El huésped no está en descubrir la forma del monstruo ni en el suspenso de verlo moverse entre las sombras. Bong Joon-ho prefiere contarnos cómo esa familia claramente disfuncional toma en sus manos el problema de encontrar y rescatar a uno de sus miembros, mientras la autoridad toma para sí la obligación de controlar a los ciudadanos a través del miedo.
El animal es predador, pero no tiene las dimensiones para reducir la ciudad a ruinas. La población, pues, no tiene que sobrevivir a los ataques del engendro que excreta los huesos de sus víctimas en las cloacas, sino a la sordera y la prepotencia ignorante de sus funcionarios, que lejos de resolver, administran el desastre. Los destrozos y las víctimas son sólo la consecuencia de haber colocado en el mando a una clase gobernante que no sirve para resolver una contingencia, pero asfixia la voluntad y mantiene bajo eterno análisis las posibles soluciones, pensando que colocar barreras y sacar a la milicia a las calles es en sí un acto de gobierno.
La última escena del filme es sobrecogedora como ninguna otra, subversiva en tanto que refleja el valor del discurso político y la distancia que suele existir entre éste y la realidad cotidiana de la gente de a pie. Es difícil no sentirse identificado cuando en una pequeña televisión aparece la imagen de un funcionario que hace el balance de los errores cometidos por la administración de Seúl en la emergencia; difícil no emocionarse con la reacción que sus palabras producen en el ánimo de una persona que ha perdido a sus seres queridos; el desenfado con que se elaboran escenas enteras del filme y la mudez que marca el final.
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