Mujer alabastrina fue exhibida por primera vez en marzo de 2006, durante la XXI edición del Festival Internacional de Cine en Guadalajara. Cuatro años después, con el título de Contracorriente, la película finalmente llegó a la cartelera comercial. Es poco lo que puede decirse de ella, porque su trama no alcanza mayor complejidad que la de tres capítulos juntos de alguna mediocre telenovela de Tv Azteca, donde la dupla de directores hizo carrera.
Si algo salta a la vista de inmediato en el filme, es el absoluto desconocimiento del mundo real por parte de Rafael Gutiérrez y Elisa Salinas, cuyo trabajo se limita a estilizar clichés y a conducir un melodrama de tintes insultantes en el que el único rol protagónico que se le concede a la mujer es el de víctima.
Sus tres protagonistas, Chuya (Ana Claudia Talancón), la Güera (Silvia Navarro) y Cata (Dolores Heredia) son, a decir de las notas de producción, jóvenes de la clase popular que viven, sufren y "se divierten" en Ciudad Juárez. Todas responden a los estándares televisivos de belleza; bonitas, delgadas, sexualmente deseables y suficientemente estúpidas (una de ellas incluso se define con la frase "yo no sé pensar, sólo sé sentir") para ser embaucadas por hombres que las miran como objeto y que las dejan embarazadas a su suerte.
A excepción de Natalio, el agente aduanal interpretado por Héctor Suárez (de lejos, lo único que vale la pena en esas casi dos horas), la película no ofrece nada que no se vea cada tarde en los melodramas vespertinos patrocinados por suavizantes de ropa y caldo de pollo en cubitos. El hastío que produce la historia de Contracorriente sólo es atenuado por su propensión al humor, sobre todo cuando intenta recrear aspectos de la subcultura urbana creada por los cholos o cuando intenta adoptar un tono grave pero plantea situaciones francamente ridículas que sólo pueden ser concebidas desde la ignorancia de quien mira el mundo desde una cama de bronceado.
La pobreza en el trabajo de edición y el manejo de la cámara es notable hasta para alguien que no es experto en aspectos técnicos. Además, ubicar un relato tan convencional en Ciudad Juárez, sólo puede entenderse como un truco barato para hacer pensar que la historia se inscribe en la lista de trabajos que abordan el tema de los asesinatos de mujeres en la frontera; el escenario no sólo no aporta nada contextualmente, sino que no vemos una sola escena que refleje la cotidianidad del lugar o que permita ver a los juarenses reales.
El final es la síntesis de todo lo demás: las protagonistas, vestidas como edecanes de cervecería, mostrando que sufren mucho, pero también saben divertirse al estilo Coyote Ugly. Es una fortuna que Elisa Salinas sea socia de Corazón Films; nadie más se habría atrevido a estrenar esto. De verdad. |