Lars von Trier
Robby Müller
Adam Schlesinger
Björk, Catherine Deneuve, David Morse, Peter Stormare, Udo Kier, Joel Grey, Vincent Paterson, Cara Seymour, Jean-Marc Barr

 
 
Dancer in the dark (2000)
 
Dinamarca, Alemania, Holanda, Estados Unidos, Francia, Suecia, Noruega, Islandia, Finlandia, Reino Unido
135 min.
Lars von Trier
 

 

¿Cómo explicarlo? Bailando en la oscuridad es una brutal obra de arte. La actuación de Björk es entrañable en todos los sentidos; el reparto es enorme, y la dirección, el manejo de cámara y la edición —todos en manos de Lars von Trier, quien se echa el equipo al hombro para mostrar al público ni más ni menos que lo que él mismo ve al otro lado de la lente— son simplemente formidables.

Hay un elemento más: la historia es apabullante de principio a fin, terriblemente deprimente, pero increíblemente hermosa, como la muerte necesaria de alguien a quien se ama.

Selma Jezkova (Björk) es una inmigrante checa y además madre soltera, quien renta una casa rodante, aparcada en la parte trasera de la propiedad de Bill (David Morse), un policía local, quien vive con su mujer una fantasía de holgura y prosperidad económica.

Selma trabaja como obrera en una fábrica que se dedica a producir tarjas de acero con el único fin de ahorrar todo el dinero necesario para pagar una operación a su hijo que impida el avance de una enfermedad hereditaria que a ella la ha llevado a perder gradualmente la vista hasta quedarse completamente ciega. Como obrera, dobla turnos y aun hace trabajos “por fuera” para asegurarse otras entradas de dinero; un par de noches a la semana ensaya con un grupo amateur el montaje de una obra musical, en la que también está involucrada Kathy (Catherine Deneuve), su amiga y compañera de trabajo con quien disfruta de ir al cine a “ver” musicales, cuando en realidad ésta tiene que describirle a Selma lo que ocurre en pantalla.

El caso es que en medio de sus premuras y de sus limitaciones, la mujer encuentra su refugio en la música del mundo. En la total oscuridad, los sonidos y los ruidos cotidianos se convierten en la partitura de un propio musical en el que ella es la protagonista. De hecho, la misma Selma confiesa que prefiere pensar en la vida como una obra, porque “en un musical, nunca pasa nada malo”.

La ceguera y la confianza de la protagonista en la bondad de la gente son paradójicamente los causantes de su desgracia y los elementos que la llevan a descubrir, de la forma más dolorosa, la bajeza del mundo. La mujer que hace jornadas dobles por un salario miserable es tratada como una traidora de quienes le abrieron los brazos y echada a la cárcel.

Ahí, el director y guionista, Lars von Trier, da un giro hermoso y terrible a toda la vida de Selma Jezkova. En la oscuridad de su ceguera, en un pabellón aislado y en el más absoluto de los silencios, no hay música que pueda ser evocada, no hay un mundo soñado a donde escapar.

Si bien la narrativa de Bailando en la oscuridad se convierte en una sucesión de música, canciones y coreografías que, mal vistas, parecen absurdas —lo que en su momento originó que muchos abandonara la sala sin más—, el conjunto es una obra de arte que merece ser descubierta.

A menos que pueda hablarse de un antimusical, esta cinta tiene la cualidad de no ajustarse a un género; los números son anticlimáticos, no hay belleza alguna en los escenarios y la bondad de unos pocos no es suficiente para detener el descenlace preparado por los viles de la historia.

La secuencia final —está por demás decirlo— sólo puede ser definida de una manera: brutal. Aun así, Bailando en la oscuridad es hermosa y terrible, como una tormenta que no cesa.

 
 
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