Más allá de la discusión que ha generado la idea de esta película, al partir abiertamente del ficticio asesinato del presidente George W. Bush, una cosa es cierta: el producto final no está a la altura del debate a su alrededor.
Concebido como un falso documental con formato televisivo, en El asesinato del presidente, el director Gabriel Range nos propone volver al 19 de octubre de 2007, a una reunión de economistas realizada en Chicago, en la cual el presidente volvería a referirse al peligro que entraña Corea del Norte, y pensar su muerte tras dos certeros disparos de un francotirador.
El filme combina escenas reales de las protestas y del discurso de Bush, tomadas esa tarde, con otras modificadas digitalmente para agregar a varios personajes ficticios, así como imágenes congeladas en las que se identifica a otros supuestos involucrados en los hechos. No existe un narrador omnisciente y el relato se va tejiendo a través de los testimonios de miembros (por supuesto inexistentes) del staff presidencial, expertos forenses y supuestos responsables de las tareas de seguridad durante el incidente.
Hasta ahí, todos encontramos que junto con la rabia estéril de las protestas, existen razones mucho más fuertes para atentar contra el ex gobernador de Texas. Range podría haber reparado en la restricción de las libertades a la que algunos americanos han accedido gustosamente en nombre de la seguridad de Estados Unidos.
A partir de ahí, podría haber aportado una reflexión seria sobre su propio trabajo. Un trabajo que en nombre de las libertades civiles sugiere (algunos dirán "incita") sin censura alguna el asesinato de un jefe de Estado. Pero el realizador británico termina decantándose por hacer de su película propaganda anti-Bush, al gusto de la generación MTV; la muerte del presidente más poderoso del planeta es francamente indigna de la telenovela en la que se convierte esto finalmente. De hecho, aun si asumiéramos que estamos ante hechos reales, el documental de Range desbarra al pasar de los datos arrojados por una investigación oficial y periodística, a dar estatus de hechos a simples supuestos, alimentando el gusto por las teorías conspiracionistas.
En su momento, la senadora y ex candidata demócrata Hillary Clinton consideró despreciable la idea en la cual se basa El asesinato del presidente. Debatible, tal vez. El asunto aquí —me parece— es que atentar contra Bush, fílmicamente hablando, merecía llegar más lejos de lo hace esta simple fantasía homicida. |